Es
la segunda vez que duermo en la playa junto a la frondosidad de un trupillo, donde
el viento céfiro de la estrellada noche me golpea sagaz y
potente. En frente de mi está el Caribe:
tela oscura que atrapó al día para encenderse por fuera; en mi bolsillo cargo una blusera, voy soplando recuerdos de mis viajes sobre
los improvisados caminos que transito desde mi casa, "la del duende". Aquí la noche corre lenta, mi mirada se pierde entre la poesía erótica y el
ininterrumpido oleaje que me seduce y me incita hacia el mar, induciéndome con shots anisados que destila la madrugada a la espera de rayar el día.
