sábado, 15 de julio de 2017

EL ÁRBOL DE PALO DE MANGOS.






Al salir de la escuela con el sol al hombro me dirijo a casa, después de saludar a mi madre disponiéndome para almorzar, termino. Luego voy hacia el patio para reposar bajo el palo de mangos, el cual dejo fijamente mi mirada ante gran majestuosidad, una realidad exquisita. Paso las tardes en anhelo, observando la danza de sus hojas sagaces y turbias acariciadas por la brisa vespertina que la cobija. Hasta tal punto de ver como se desprende una hoja y cae lentamente en un vaivenesco descanso sobre la tierra.

En la tardes de marzo disipo la mirada a las pequeñas florecitas que rodean en abundancia cada una de sus hojas. Corre el atardecer y con él todas mis ivivas junto con la caída del ocaso; así paso los días y para finales del mes observo como afloran de sus hojas aquellas florecitas del cual enardecen pequeñas bolas de color verde que empezarán a crecer y que alegrarán aún más mis tardes placenteras.

Se pronuncia Abril, ahora sólo tengo que estar a la espera y atento a cualquier cosa que pudiese suceder. Camino alrededor del tallo e imagino el día en que pueda tener un mango en mis manos, cierro mis ojos y me dispongo captando su esencia la cual me es de mucho agrado. Así contemplo su crecimiento, su forma y color; la mayoría de la cosecha los mangos son de gran magnitud parecidos a la mangas; amarillo entremezclado con rojo tornándose a un naranja, otros verdes con rojo combinado con azul detonando el morado, y lo más sorprendente es poder ver desde la tierra cuando el sol ruboriza los mangos y los hace estallar en tonalidades maravillosas.

La espera es buena, llegaron los atardeceres de mayo con sus resplandecientes cielos coloridos, ahora solo me ubico bajo el palo de mangos a esperar, estirando mis brazos abriendo mis palmas perpetuando la mirada hacia los mangos, pero de repente de la parte más alta del palo, un mango se desprende y corrí sagazmente hacia el y caí tendido en el suelo agarrándolo sin que se golpease con el suelo de la tierra, me levanté, lo olí transpirando su dulzor, contemplando su magnificencia para luego empezar a comerlo.




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